Traumas

Las heridas se curan. Podrás volver a disfrutar del presente sin tener que sufrir más por tu pasado.

Hay momentos en la vida en los que te pueden suceder cosas que no sepas cómo manejar. Puede ser pasar por un maltrato físico o psicológico, un accidente grave o muy peligroso, la pérdida de un ser querido, un desastre natural, un atraco con o sin violencia,  una enfermedad que deje graves secuelas, ser víctima de un abuso sexual o simplemente sufrir una experiencia corriente pero que a ti te resulte muy perturbadora. Estos y otros sucesos similares generan emociones muy intensas que te pueden sobrepasar hasta el punto de romperse tu equilibrio psicológico, provocándote un trauma psicológico o emocional.

Te han herido pero no te han destruido. No puedes deshacer lo que te hicieron o lo que te ocurrió. Nadie puede cambiar lo sucedido. Pero sí se pueden tratar las huellas del trauma en tu mente, tu cuerpo y tu mundo emocional. En el interior de la herida se encuentra el verdadero aprendizaje vital. Las heridas se curan, son maestras de vida.

No puedes hacer desaparecer la oscuridad, pero sí puedes decidir encender la luz y cambiar tu forma de vivir a partir de ahora. Con terapia la oscuridad será vencida. El reto de la recuperación es volver a disfrutar del presente sin tener que sufrir más por tu pasado.

Los traumas suelen asociarse con grandes catástrofes. En realidad llamamos trauma a cualquier experiencia negativa con un impacto emocional tan fuerte que produce un daño profundo y duradero en tu inconsciente.

trauma
El trauma te perturba dejando una herida en tu psique por lo intensa que pudo resultar para ti esa experiencia.

También puede tratarse de una emoción o impresión negativa, fuerte y persistente.

El trauma normalmente aparece cuando te expones a una situación estresante y amenazadora que ha sobrepasado tus propios mecanismos para poder afrontarla. Hay que tener en cuenta que no todos los traumas son el resultado de un episodio puntual. A veces se produce un “trauma acumulativo”,  como resultado de haber estado expuesto durante un largo periodo de tiempo a situaciones que no has podido gestionar.

En ambos casos sucede que las emociones nos desbordan y las experiencias no se integran en nuestro “yo,” sino que permanecen activas en nuestra memoria implícita, a nivel inconsciente, manifestándose a través de problemas psicosomáticos, preocupaciones o comportamientos desajustados.

Cuando has vivido una experiencia perturbadora, tu cerebro entra en shock y, o bien empiezas a recordar todo lo que te sucedió una y otra vez, o bien tu mente se disocia de la vivencia como si se hubiera borrado, lo que te hace pensar que esa experiencia no te ha dejado secuelas. Esto normalmente ocurre cuando el trauma es demasiado doloroso, por lo que se activa un mecanismo de supervivencia llamado “disociación” cuyo objetivo es evitarte un sufrimiento colosal. Por tanto no poder recordar el hecho traumático, no implica que no lo hayas vivido.

Cuando sufres un trauma, por leve que éste sea, algo se dispara dentro de ti que te hace saltar en seguida. Tienes un margen muy estrecho de tolerancia. A veces te sientes muy incómodo, notas taquicardia, aumenta tu frecuencia cardiaca, la circulación de tu sangre, te falta el aire. Otras veces es una sensación muy desagradable de estar ansioso, nervioso o agitado en exceso. Te invaden sensaciones aplastantes en tu pecho; sientes miedo a perder el control; estar siempre en alerta ante el peligro o el rechazo; el odio hacia ti mismo; las pesadillas y los flashbacks; la incapacidad para concentrarte o para abrir por completo tu corazón a otros.  Te empiezas a angustiar y a pensar de forma muy negativa. No lo puedes controlar por mucho que te esfuerces. Te bloqueas y te provoca un gran desajuste físico, psíquico y emocional. Y encima esto se repite con cierta frecuencia, algo lo detona y ya no lo puedes parar. Todo esto te supera.

Otros síntomas que pueden indicar la existencia de trauma son:

  • Miedo. Te sobresaltas con facilidad y respondes desproporcionadamente ante cualquier estímulo. Te invade el miedo ante situaciones corrientes del día a día.
  • Insomnio y pesadillas. Es probable que recuerdes durante la noche el episodio traumático. Puedes recordar detalles aislados o bien revivir otra vez toda la experiencia.
  • Mayor irritabilidad. Te muestras más sensible ante cualquier circunstancia, sobre todo a las que son similares a la situación que te ha provocado el trauma emocional.
  • Ansiedad, tensión y mucho nerviosismo. Te sientes nervioso y muy ansioso sin que suceda nada relevante. Casi por cualquier cosa. Te notas en continua alerta, en un estado interno de tensión, como si algo garrafal fuera a ocurrir en cualquier momento.
  • Confusión, caos y dificultades para concentrarte.No eres capaz de fluir en tu ritmo diario. A menudo te sientes confuso y te resulta muy difícil concentrarte.
  • Sensación de vergüenza y culpa.Con mucha frecuencia puedes sentir una profunda sensación de vergüenza pues crees erróneamente que el suceso traumático ha sido culpa tuya. Hay personas que culpan a los demás por lo ocurrido.
  • Indiferencia emocional. Puede que sientas que ya nada te importa, las actividades que antes te apasionaban han dejado de interesarte y te sientes desconectado de tus emociones.

¿Te sucede algo parecido a esto en tu día a día?

  • ¿Te invaden sensaciones desagradables o emociones angustiosas que no logras quitarte de encima?
  • ¿Se te cuelan pensamientos negativos, flashbacks o pesadillas recurrentes relacionados con recuerdos del pasado?
  • ¿Tienes conductas adictivas o hábitos destructivos que no puedes evitar hacer y no entiendes por qué los haces?
  • ¿Piensas continuamente cosas negativas sobre ti mismo o los demás?

Si esto te está sucediendo, puede que la respuesta al por qué te sucede se encuentre en tus experiencias del pasado. Es muy probable que tus patrones de funcionamiento interno estén distorsionados y que en el pasado hayas sufrido algún tipo de trauma o experiencia perturbadora.

A lo largo de la infancia, los niños reciben miles de mensajes que configuran su cerebro. Cuando estos mensajes son negativos o perjudiciales, perturban la manera en la que perciben el mundo.

De adultos, los niños que han crecido con este tipo de mensajes nocivos, tienen asumidos estos automatismos del pasado. Ante cualquier situación que les recuerde a su programación de la infancia, sin tener en cuenta que sus circunstancias actuales pueden ser muy diferentes, reaccionarán exactamente igual que en su niñez.

Las experiencias que vivimos en la infancia y adolescencia crean patrones o modelos de funcionamiento interno que nos marcan de por vida. Son patrones de interpretación y respuesta que se disparan automáticamente. Pueden ser adaptativos y sanos o pueden estar muy dañados y distorsionados cuando hemos vivido experiencias perturbadoras.

Estos patrones automáticos que los niños interiorizan surgen de las experiencias de lo que “funciona” en relación con sus padres. Por ejemplo un niño puede interiorizar la regla de que si llora o protesta sus padres le van a consolar y por tanto se va a sentir más querido y cuidado. Sin embargo otro niño interioriza la regla de que es mejor no mostrarse necesitado y no molestar a sus padres si desea sentirse aceptado y querido por ellos. Interiorizar una regla u otra dependerá de cómo sean los patrones de sus padres y cómo éstos reaccionen con su hijo.

El cerebro se va construyendo según las experiencias que vamos viviendo. Cada uno de nosotros filtramos nuestras interacciones con los demás a través de las lentes de los modelos mentales creados a partir de los patrones de experiencias pasadas. Todas las experiencias afectan al cerebro alterando y modificando sus respuestas. Se denomina plasticidad neuronal. Por eso el desarrollo y la estructura del cerebro es única y depende de la historia experiencial de cada persona. Es comprensible por tanto que cada persona tenga su forma de “entender” el mundo y responda a éste en consonancia con las experiencias que ha vivido.

Muchas personas necesitan un profundo re-ajuste psíquico para romper los patrones de toda una vida de respuestas o reacciones distorsionadas. Hacer un proceso de terapia te permite liberarte de todos estos patrones internos de pensamiento y comportamiento negativos que te causan angustia, necesidad de controlar, depresión, baja autoestima, conductas impulsivas…

La infancia sienta los cimientos de la vida adulta, de eso no hay ninguna duda.

Si de adulto no puedes fiarte de los demás, aunque tú no lo relaciones porque  haya pasado mucho tiempo, lo más seguro es que esto tenga una relación directa con tu infancia. Mientras crecer en el seno de una familia estable proporciona una personalidad segura y equilibrada, hacerlo dentro de una familia desestructurada genera en los niños un sentimiento de aprensión hacia los demás que arrastran de por vida. Así, tras la desconfianza hacia los demás se esconde una infancia privada de apoyo por parte de los adultos, lo que provoca una herida infantil que deja una profunda huella.

Al igual que en la edad adulta, los motivos que pueden dar lugar a traumas infantiles son muchos. Sin embargo, no hace falta recurrir a los casos más graves como abusos sexuales o violencia física o psicológica, para hablar de trauma infantil. Las experiencias perturbadoras pueden venir provocadas por muchos motivos como la falta de arraigo, sufrir una gran pérdida, una separación temporal o peor aún un abandono…

Ninguna etapa en la vida es tan intensa, ni tan vulnerable, como la infancia.

Las vivencias de nuestra niñez tienen un peso decisivo sobre nuestro patrón automático de comportamiento, nuestra personalidad, nuestra forma de sentir, de actuar y de relacionarnos en la vida. Pocas cosas marcan tanto como el haber experimentado un trauma infantil.

Por ejemplo, en un niño, sentir una gran humillación o la sensación de ser rechazado deja tal herida en él que le marcará durante toda su vida adulta, independientemente del tiempo transcurrido desde que ocurrió. Son heridas que dañan irrevocablemente. Su manera de relacionarse consigo mismo y con los demás ya no será la misma. Su patrón automático de relación y de respuesta se ha desajustado drásticamente.

No hay nadie en el mundo que no haya sufrido algún daño emocional en la infancia.

Los padres son a su vez víctimas de sus propios traumas, lo que puede haberse transmitido desde muchas generaciones atrás. Las respuestas inadecuadas hacia sus hijos surgen de las experiencias perturbadoras que se almacenan en sus propias redes de memoria y que necesitan ser reparadas y procesadas con técnicas tan eficaces como el EMDR.

Muchas personas ni siquiera son conscientes de haber vivido un trauma. Incluso aunque éste pueda estar condicionando gravemente la calidad de su vida adulta.

Es posible que pienses que tú no tienes ningún trauma, y menos infantil. Que eso no  te ha podido ocurrir a ti  porque, a priori, no te cuadra con tus recuerdos del pasado. Que te digas a ti mismo que  aquello que recuerdas haber vivido no fue para tanto, y que si lo fue,  a ti no te ha dejado huella.

Y sí, puede ser que no sea tu caso. Pero también puede ser que no te acuerdes porque los humanos disponemos de un mecanismo inconsciente que nos ayuda a olvidar parcial o totalmente la experiencia trágica que hemos vivido. Es lo que en Psicología llamamos disociación.

Así podemos sobrevivir al gran impacto y sufrimiento que nos provocan las experiencias traumáticas vividas y evitamos que peligre el vínculo de afecto con las personas que nos importan.

Especialmente la disociación nos protege del dolor desgarrador cuando somos niños y son nuestros propios padres, profesores, familiares, cuidadores quienes nos han provocado (aunque no sea intencionada o maliciosamente) ese sufrimiento, negligencia, carencia afectiva, abuso, agresión, humillación…

El cerebro se desarrolla en función de las experiencias que vamos viendo Por eso no hay dos cerebros iguales. A su vez las experiencias que vivimos afectan a nuestro cerebro alterando y modificando sus respuestas.

En una persona sana, a media que se procesan nuevas experiencias, éstas son filtradas, digeridas, asimiladas e integradas, y lo que es útil se aprende. Se almacena junto a las emociones adecuadas y guía a la persona en el futuro.

Sin embargo, cuando tienes una experiencia traumática, se activan respuestas bioquímicas en tu cerebro como el cortisol, que bloquean el sistema innato del cerebro de procesamiento de la información, obstaculizando el recuerdo en una red neuronal aislada.

Toda la información del recuerdo traumático (imágenes, sonidos, sensaciones corporales, olores, sabores, pensamientos, creencias falsas o inexactas, conductas irracionales, emociones desbordadas) se almacena de forma distorsionada en modo de espera, hasta poder ser integrada adecuadamente.

La información traumática provoca perturbaciones muy intensas, los canales neuronales encargados de este proceso se cierran. Entonces el cerebro actúa automáticamente tomando el control (Sistema Nervioso Autónomo Simpático) en modo de supervivencia.

En ese estado de supervivencia nos mantenernos en modo alerta. La conducta se convierte en reactiva, impulsiva o defensiva. Las emociones se desregulan. Nos alteramos, interpretamos incluso los estímulos inocuos como peligrosos. Somos incapaces de procesar cualquier información eficazmente. No podemos tomar decisiones racionales y saludables.

En el trauma, el suceso queda atrapado, fragmentado, congelado justo en el momento de miedo y dolor. No importa que el suceso traumático ocurriera hace muchos años.  El recuerdo se disparará automáticamente cada vez que vivas algo en el presente relacionado con el suceso que lo haga detonar. El disparador del recuerdo puede ser simplemente un olor o un ruido concreto. Este recuerdo perturbador se reproduce una y otra vez con igual intensidad y angustia que la primera vez que se vivió.

La memoria traumática re-experimenta en lugar de recordar. Por eso vuelves a sentir el trauma en el presente, casi con la misma intensidad del pasado.

Además los recuerdos son asociativos. Las experiencias positivas se agrupan juntas en vías neuronales adecuadas y las traumáticas se agrupan en vías neuronales inadaptadas o distorsionadas.
El cerebro traslada ese recuerdo hacia el futuro de formas distintas. Como pensamientos críticos sobre ti mismo, como emociones desagradables que no entiendes muy bien por qué sientes con tanta intensidad, como imágenes perturbadoras de miedo, ansiedad, tristeza, sensaciones corporales desagradables, etc… Aparecen de repente como recuerdos congelados y fragmentados siempre disponibles para ser detonados una y otra vez. Se genera en ti la creencia de que sentir es peligroso. Porque por mucho que te esfuerces por desconectarte de esos recuerdos atemorizantes no lo consigues.

El trauma es mucho más que una historia sobre algo angustioso que sucedió hace mucho tiempo. Las emociones y sensaciones físicas que quedaron impresas durante el trauma se experimentan no como recuerdos, sino como reacciones físicas perturbadoras en el presente.

Las personas traumatizadas suelen tener miedo a sentir. Viven con unas sensaciones insoportables: se sienten desagarradas y sufren unas sensaciones intolerables en la boca del estómago o una presión enorme en el pecho. Sin embargo, cuando evitas sentir las sensaciones en tu cuerpo, te haces más vulnerable a quedar abrumado por ellas. Ahora, el enemigo no es tanto el autor de los hechos (que, con suerte, ya no está cerca para volver a hacerte daño) sino tus propias sensaciones físicas. El miedo a quedar secuestrado por tus sensaciones desagradables hace que tu cuerpo se congele y tu mente se apague. Aunque el pasado sea algo pasado, tu cerebro emocional sigue generando sensaciones que hacen que te sientas asustado e impotente.

Por ello, no es nada sorprendente que tantos supervivientes de traumas coman y beban compulsivamente, tengan miedo a hacer el amor y eviten muchas actividades sociales: su mundo sensorial en gran medida está fuera de todo límite.

Para recuperar el control sobre ti mismo, deberás enfrentarte a lo que te ha sucedido. Abrirte a tu experiencia interior. Lo primero es encontrar el modo de manejar la agitación provocada por las sensaciones y las emociones asociadas con el pasado. Los motores de las reacciones postraumáticas se encuentras situados en el cerebro emocional. A diferencia del cerebro racional, que se expresa mediante pensamientos, el cerebro emocional se manifiesta mediante reacciones físicas: dolor de tripa, latidos acelerados, respiración rápida y superficial, sensaciones de desgarro, hablar con un hilo de voz junto con movimientos corporales que significan colapso, rigidez, rabia, estar a la defensiva.

El cerebro racional nos ayuda a comprender de dónde vienen los sentimientos (por ejemplo, “Me da miedo acercarme a un chico porque mi padre abusaba de mi”). Sin embargo el cerebro racional no puede suprimir las emociones, las sensaciones o los pensamientos (como vivir con una sensación de amenaza). Entender por qué te sientes de cierta manera no cambia cómo te sientes. Pero puede evitar que te rindas ante reacciones intensas (por ejemplo, atacar a alguien que te recuerda a tu abusador, romper con tu pareja al primer desacuerdo o saltar a los brazos de un extraño). Sin embargo, cuanto más exhausto estés, más deja paso tu cerebro racional a tus emociones.

La cuestión fundamental para superar el estrés traumático es restablecer el equilibrio adecuado entre los cerebros racional y emocional, para poder sentir que mantienes el control de tu respuesta y de tu comportamiento en la vida.

Cuando te ves empujado a estados de híper o hipoactivación emocional, te quedas fuera de tu “ventana de tolerancia” lo que te impide tener un funcionamiento óptimo. Te vuelves reactivo y desorganizado, tus filtros dejan de funcionar: los sonidos y las luces te empiezan a molestar, te vienen a la mente imágenes indeseadas del pasado y te entran ataques de pánico o de ira. Tu cuerpo y mente se insensibilizan, tu pensamiento se vuelve lento…

Mientras estás desconectado o hiper-activado, no puedes aprender de la experiencia. Aunque logres mantener el control, te pones tan tenso que te vuelves inflexible, testarudo, deprimido.

Según el experto en trauma, el neurocientífico  Bessel Van der Kolk, superar el trauma significa recuperar el funcionamiento ejecutivo y, con él, la autoconfianza y la capacidad de diversión y creatividad. Si queremos cambiar las reacciones postraumáticas, debemos acceder al cerebro emocional y hacer una terapia del sistema límbico o emocional. Reparar los sistemas de alarma defectuosos y restaurar el cerebro emocional para que vuelva a su funcionamiento ordinario.

La investigación científica ha demostrado que la única forma de cambiar cómo nos sentimos es siendo conscientes de nuestra experiencia interior y aprendiendo a ser amigos de lo que sucede en nuestro interior. En el centro de la recuperación se encuentra el autoconocimiento. El alivio llega cuando eres capaz de aceptar lo sucedido y reconocer los demonios invisibles con los que estás luchando.

Si ocultas tu dolor, nunca podrás superarlo
Los sentimientos negativos disminuyen una vez que nos permitimos expresarlos

Todo aquello que has tenido que silenciar, callar, que no has podido expresar con palabras es el cuerpo el que toma la palabra y se expresa en forma de “síntomas físicos”. Por eso, toda experiencia que no se puede narrar, ni pensar ni hablar, no se puede integrar ni transformar por tanto en crecimiento ni aprendizaje.
El trauma que ha ocurrido dentro de relaciones normalmente es más difícil de tratar que un trauma resultante de un accidente de tráfico o un desastre natural. De ahí que el trauma no resuelto generalmente imponga un terrible peaje en las relaciones. Si seguimos con el corazón roto porque alguien a quien amamos nos ha dañado, seguramente nos preocupara que nos vuelvan a hacer daño y nos dará miedo abrimos a algo nuevo. De hecho, inconscientemente, puede que intentes lastimar tú primero a los demás antes de que ellos puedan lastimarte a ti.
Esto plantea un serio problema para la recuperación. Para afrontar todo esto necesitas ayuda. Lo mejor que puedes hacer para recuperarte de un trauma es encontrar a un experto en trauma en quien puedas confiar lo suficiente para que te acompañe, alguien que pueda sostener firmemente tus sentimientos, alguien que te ayude a escuchar los dolorosos mensajes de tu cerebro emocional. Necesitas un guía que no tenga miedo de tu terror y que pueda contener tu rabia más profunda y oscura, alguien que pueda salvaguardar tu integridad mientras exploráis juntos las experiencias fragmentadas que has tenido que soportar y muchas veces, mantener en secreto durante tanto tiempo. Necesitas un ancla firme y un eficaz acompañamiento para poder hacer el trabajo de recuperación.

Contamos con los medios y experiencia necesaria para el tratamiento de traumas simples y complejos. Apostamos por una psicoterapia breve, para que puedas notar los progresos rápidamente.

Abordamos diferentes traumas emocionales:

Trastorno por estrés post-traumático

Los traumas están relacionados con el cerebro emocional, por eso utilizar exclusivamente el lenguaje y el cerebro racional es insuficiente en el tratamiento de los traumas. De ahí la necesidad de utilizar técnicas innovadoras como el EMDR que trabajen directamente sobre el inconsciente y la parte emocional del cerebro, que es dónde se origina el shock traumático.

Aplicamos técnicas innovadoras y más eficientes que
mejoran los resultados y reducen el tiempo de duración del tratamiento

El tratamiento te ayuda a:

  • Dejar atrás las recreaciones dolorosas del trauma.
  • Modificar los pensamientoso creencias irracionales, desadaptativas que sustentan el trauma.
  • Recuperar la autoconfianza y sanar tu autoestima.
  • Desarrollar nuevos recursos de afrontamiento que te permitan afrontar futuras situaciones estresantes.
  • Superar el trauma y volver a disfrutar de tu vida.
Con nuestra manera de abordar el trabajo psicoterapéutico
no solo logras recuperar tu equilibrio integral
sino que fortaleces tu salud psicológica y emocional de forma duradera

Las investigaciones científicas de los últimos años muestran que la terapia con EMDR es la forma más efectiva de eliminar o reducir significativamente las secuelas psicológicas originadas por sucesos perturbadores o traumáticos.