Nuestra mente no puede parar, charla como un disco rayado. Los pensamientos vagan sin sentido y para colmo, la mayor parte de su producción es irracional. Somos muy ingenuos si pensamos que nuestra cabeza piensa adecuadamente.

Sí, lamentablemente en nuestro coco hay más ruido que nueces. Lo podemos comprobar por ejemplo cuando nos duchamos, que aunque nuestro propósito sea sólo disfrutar un rato y frotarnos con jabón, nuestra mente, erre que erre, no puede parar de producir ideas. “Que no se me olvide que tengo que comprar papel higiénico”, “Seguro que me dice mi novio que hoy tampoco puede quedar”, “No sé dónde voy a comer hoy”, “Menuda estupidez que dijo ayer mi vecina”, “Este tiempo no lo soporto más, harta estoy del puto abrigo todos los días” “Este finde sin falta…”

La mente no para de traernos ideas que no vienen a cuento, tonterías, de hecho está comprobado que el 95% de nuestro pensamiento no tiene sentido. Son pensamientos de desecho, “basura” que deberíamos aprender a dejar pasar, es decir no dar credibilidad a todo lo que pasa por nuestra cabecita.

Mucho ruido y pocas nueces

Los pensamientos y las emociones van y vienen de forma casi azarosa, sin orden de ningún tipo. Pasan muy rápido, aunque no nos demos cuenta y vienen y van sin parar. La mente ni siquiera puede parar durante la noche, sigue trabajando mientras soñamos. ¡Qué locura! Su propósito es mantener las neuronas en funcionamiento.

Y encima, cuando intentamos escapar de los pensamientos negativos, éstos se estancan y se aferran mucho más a nuestra  conciencia como garrapatas a la piel. Y no sólo eso: se incrustan hasta convertirse en un problema serio, en pura “neurosis”. Si no cometiésemos este error, y los dejáramos pasar, sin aferrarnos a ellos, se marcharían por donde han venido.

Los niños, son expertos en esto. Pasan de un berrinche y, al minuto siguiente, inician otra actividad riendo plácidamente. Los adultos, por el contrario, perdemos a menudo esa flexibilidad debido a que damos demasiada importancia a todo lo que se nos pasa por la cabeza.

Sin embargo, si reaprendemos a “dejar pasar esos pensamientos inservibles”, sin identificarnos con ellos, a permitir que los pensamientos y emociones transcurran por nuestra mente sin etiquetarlos “estoy triste, o preocupado”, ni perder el tiempo con
ellos, podremos recuperar la flexibilidad que hemos perdido al convertirnos en adultos. Entonces –y sólo entonces-, las emociones y los pensamientos negativos no serán demasiados largos ni intensos.

Las emociones negativas, son corrientes de energía, que tienden a circular y perderse de forma natural. Si las dejamos pasar a través de nuestro cuerpo, no habrá nada que temer. El problema es que, una y otra vez, el miedo nos impulsa a bloquear esa
energía negativa. Y ésta entra en circuitos cerrados que se retroalimentan.

Por lo tanto, si dejamos pasar las emociones y los pensamientos negativos, si no los rechazamos, éstos se extinguirán por sí mismos en poco tiempo, y en seguida volveremos a la normalidad.

Desde SOLTAR Y SALTAR os animamos a poner en práctica estas acciones:

  • Pongámonos en la posición de observador desde la distancia.
  • Dejemos que las emociones y pensamientos negativos atraviesen nuestro cuerpo, (esperar a que amaine la tormenta sin asustarnos ni preocuparnos). No entrar en un diálogo interno negativo, ni identificarnos con lo que nos está ocurriendo.
  • Dejar pasar las emociones y pensamientos con aceptación y actitud imparcial.

Desechemos, no prestando atención, a ese 95% de todo nuestro pensamiento inservible y disfrutemos de ese 5% maravilloso.

No se trata de comprenderlo de forma intelectual sino de algo que hay que experimentar practicándolo una y otra vez. A medida que ganemos confianza en esta nueva habilidad de dejar pasar, nos convertiremos en seres más livianos y felices.